Gustavo Ott | Autor Teatral | Playwright

 

  • PROLOGO A 80 DIENTES. "Experimentar y Atraer Público" (Volver)
    Autor: Santiago Martín Bermúdez, ACE, Premio Tirso de Molina 1998. 1998
  • Gustavo Ott es un caraqueño de 1963. Es importante fijarse en esa fecha, es importante ver que los tres protagonistas de "80 Dientes..." tienen quince años en 1975. Ott pudo conocerlos más o menos así, hasta tenerlos como modelos. Aunque joven, Ott ha escrito más de treinta obras teatrales y menos de cuarenta. Ha estrenado en unos diez idiomas y en el doble de países. Es un fenómeno reciente, si consideramos reciente que su primera obra brote hace diez años justos. Su primer estreno, queremos decir. Porque muchas de las obras estrenadas posteriormente no son sino elaboraciones de piezas
    publicadas o acariciadas años antes. En los años ochenta, década en la que Ott viaja y estudia en Italia, en Londres, en Madrid. ¿Sabían ustedes que el joven Ott fue pandillero en el área suburbana madrileña? Dentro de todo, creemos que no llegó a comportarse como los protagonistas de la terrible pieza que tienen ustedes en sus manos.
    En muchas comedias de Gustavo Ott hay un grupo que, con risa o con terror, y con los matices intermedios que pueda haber entre ambos, si es que los hay y el horror resulta que no es más que una de las formas, modos o consecuencias de la risa; hay grupos, digo, que con uno u otro código reflejan una generación, un país, un imaginario, una manera de vivir. Un vivir, a menudo, que no es visible. Pero ahí esta la mezcla explosiva de horror y risa. Eso, más la presencia de las violencia cotidiana, la organizada y la anomia social; más, también, los deportes de masas y de los medios de comunicación (también de masas), configuran un mundo en el que lo trepidante aparece como signo de enfermedad, no de vitalidad; como bancarrota, no como ventura.
    Gustavo Ott se sitúa en una tradición teatral reciente y saludable, la de la Venezuela democrática que surge con la recuperación de las libertades en 1958. Nombres de la importancia del malogrado José Ignacio Cabrujas o sus compañeros de generación, Román Chalbaud e Isaac Chocrón, nos recuerdan cuán injusto es que en el momento de otorgar los premios Cervantes el jurado, casi siempre informado con sesgo, nunca tenga en cuenta el género dramático.
    Otros han venido después, como Néstor Caballero o Rodolfo Santana, para afirmar la vitalidad de un género y de una escuela nacional. Les han seguido los más jóvenes: Xiomara Moreno o Mónica Montañés. A este grupo generacional (a los que no tiene por que unir una temática o unos procedimientos comunes) pertenece Gustavo Ott.
    Ott parece haber seguido como dramaturgo y hombre de teatro el consejo de Clint Eastwood, que viene a decir que crees tu propia productora y no confíes jamas en ninguna institución. De una convicción así debieron de surgir tanto el grupo Textoteatro como el impulso para convertir un edificio, en el que nadie reparaba y que tenia su punto de maldito, en el Teatro San Martín de Caracas.
    Así, Ott ha podido plantear su propio compromiso, el de un teatro que puede ser comercial y digno al mismo tiempo. Que puede experimentar y atraer público. Es él quien ha definido su compromiso con el público, no se lo ha definido ninguna institución ajena. Para eso está la suya, el Teatro San Martín. En el que, según nos ha confiado no hace mucho, no piensa quedarse toda su vida.
    En el volumen antológico dedicado al teatro venezolano (Centro de Documentación Teatral, Quinto Centenario, Fondo de Cultura Económica) no aparecía ninguna obra suya. Era el año 1991, y se habla allí de su reciente aparición en los siguientes términos: "un joven valor de veintiséis años, Gustavo Ott, quien irrumpió en 1989. Ese año y el siguiente estrenó, además, cuatro obras, y obtuvo un fuerte respaldo de público, destacando su humor y agudo sentido crítico. Autor de fértil imaginación, variada temática y superación constante, se ha convertido en uno de los valores potenciales de la nueva generación, con excelente perspectivas...". Es esa perspectiva la que ahora tenemos. Hoy sería imprescindible una obra de Ott en una antología del teatro venezolano. Pues si los ochenta fueron los años de aprendizaje de este Wilhelm Meister venezolano, los noventa son sus años de misión teatral.
    El premio Tirso de Molina ha refrendado pronto una carrera que es, en efecto, fruto de una superación constante.
    Pero no estamos aquí para referir lo que en otra parte hemos llamado sus hazañas bélicas. Estamos aquí para hablar de su obra. Elegimos unos cuantos títulos suyos, y no precisamente al azar.
    Los peces crecen con la luna (1994) se desarrolla en un pequeño navío encallado en unos roques. Se agitan en aquel barquichuelo los tres miembros de una familia de huidos. No de exiliados, sino corruptos que llevan consigo un buen mordisco de la riqueza del país que abandonan tras haber sido descubiertos. La traición y la insolidaridad no es sólo con los otros, sino entre ellos mismos: el matrimonio se engaña entre sí, como todos, pero estos engaños no se limitan al adulterio, sino a la propia peripecia de sus manejos. Llamadas de un auxilio improbable, que cada vez resulta más inverosímil. Los cómplices no pueden echar una mano a quien ha perdido, a quien ha tenido la imprudencia de encallar. Metáfora de una país en bancarrota moral; y no sólo moral. Una bancarrota para la que no cabe el optimismo: la hija, una joven ajena a la realidad y proscrita del futuro, es cualquier cosa menos promesa o esperanza.
    La bancarrota nacional se despliega ampliamente en la rica galería de personajes, en la fauna de Fotomaton (1997), una de las piezas de mayor originalidad de las escritas por Ott. Se trata de una serie de monólogos que pueden ser interpretados por un mismo actor o actriz que se disfrace, desdoble, componga, sugiera, que de carnalidad a esos múltiples Alexa,
    Alejandros, Carlos Alejandros, y demás parentela, que se mueven alrededor del cadáver del joven deportista que se les ha muerto. Sin faltar el propio cadáver, desde luego; si bien, el sorprendente final nos permite dudar de la literalidad de lo visto y escuchado. Ya esta presente aquí esa afición de Ott, el béisbol, una afición que le permite acuñar una metáfora, porque el autor no se engaña sobre el alcance de ese deporte-espectáculo que ama y ha practicado. El béisbol será protagonista de "80 Dientes..."y estará presente en el imaginario de los personajes de otras obras suyas.
    Passport es tal vez la más abstracta de las piezas de Ott. Por una vez, el país no es reconocible, y lo que de él se deduce lo coloca lejos de la Venezuela de la bancarrota. Aquí la bancarrota es individual, sin que por ello se renuncie a que sea trasunto de otras más amplias. La pérdida de un pasaporte, la radical diferencia de los idiomas, el poder concreto de unos funcionarios (delegación evidente de otros poderes), el equívoco propiciado por una situación de violencia en la que cumple un papel importante la línea de una frontera, la indefension del inocente... Estos y otros elementos hacen que el protagonista de esta breve obra, Eugenio, sea un pariente cercano de Joseph K.
    Divorciadas, Evangélicas y Vegetarianas (1889) reúne tres personajes femeninos vinculados por solidaridades oscuras. La soledad y el terror propician la sonoridad secuencia en clave de humor desgarrado. Fue esta pieza uno de los primeros éxitos de Ott, un éxito que no se limitó a Venezuela. Nos da la impresión de que estas tres mujeres son antecedentes inmediatos de las cuatro que tejen la trama diabólica de Gorditas (1994). En Gorditas, el mundo femenino ha pasado a parecerse demasiado al masculino, pero con armas que los hombres desconocen y con cautelas que los refuerzan frente a aquél. La creatividad y el ingenio, la amistad y la comprensión se convierten en puntos de partida para su negación a manos de la voluntad de poder y la lógica implacable de un capitalismo brutal. El mundo de estas mujeres ambiciosas que salen de la juventud y aterrizan en las junglas de los despachos y los medios (es el mundo de la publicidad, pero podía ser otro, tan moderno como éste) está muy cerca del de obras de David Mamet como Glengarry Glen Ross o Speed the plow. Sólo que Ott prescinde de elementos biográficos y toma las situaciones en su desnuda brutalidad. Tipos, más que personajes, estas mujeres terribles le permiten a Ott retratar otro tipo de corrupción, la corrupción moral. Las Gorditas ya no están perdidas, como en Divorciadas, Evangélicas y Vegetarianas, ahora están ganadas para la lógica de la integración en el más feroz de los engranajes. Ya no son las mujeres indefensas, sino la moderna mujer que puede convertir a los demás en víctima, la ejecutiva, la alta directiva, la que ha conseguido el éxito profesional. Es el progreso que, según parece creer Ott, es también el progreso del mal.
    La violencia y la delincuencia están presentes en todas las grandes ciudades. No selimitan a ellas, pero es en ellas donde alcanzan la categoría de habituales, de omnipresentes, de plagas. Son un síndrome y un síntoma, al margen de que provengan de bandas marginales, de individuos desesperados o de eso que se llama el crimen organizado. Pero en ciertas ciudades de Iberoamérica y Estados Unidos son algo más. Porque están todavía más presentes, son aun más habituales, adquieren categoría pandémica. En ciudades como Caracas todo el mundo te cuenta que hay una estadística siniestra de muertes violentas a lo largo de la semana, con especial predilección por los fines de semana. En la literatura las testimonian muchos en su crudeza. Por ejemplo, los brasileños Rubem Fonseca y Chico Buarque. Gustavo Ott ha penetrado en ese especial círculo del infierno de este mundo para tratar de comprender, sin por ello negarse a la fascinacíon.
    Piezas como Nunca dije que era una niña buena (1992) o Corazón Pornográfico que gritas venganza (1995) se adentran en ese mundo del crimen, en su vertiente no organizada, no gangsteril: la atracción por la violencia, la adición al asesinato, la emulación de los crímenes como en una competición deportiva; y también su caldo de cultivo: la barriada miserable, los adolescentes y jóvenes perdidos, la lógica del beneficio en una sociedad sin oportunidades que, además, es ampliamente anémica. En Nunca dije... hay unos muchachos apasionados por una improbable carrera como estrellas del pop. Son antecedentes del trió protagonista de 80 Dientes...
    Pero en ambas obras lo fascinante es la protagonista femenina. Corazón Pornográfico arranca con el asesinato frío, se diría que inmotivado, de Betty a manos de su hermana Verónica, que emprende así su triunfal carrera.
    La lógica de la delincuencia se muestra, más que nunca, pariente cercano de la lógica del éxito que en Gorditas lleva a Martina desde el idealismo hasta el poder implacable. ¿Qué importa que a Verónica no la mueva antes un ideal, sino sólo el resentimiento? El resultado viene a ser el mismo. Verónica, además, deja en la cuneta otros cadáveres, los de los inocentes. Martina, sin acudir al gatillo, da sólo cuenta de sus rivales. Muy distinta es la suerte de Trixi, una muchacha de quince años sedienta de sangre y de cariño que no podrá gozar demasiado tiempo de su récord de treinta asesinatos. En esta obra los personajes son niños, adolescentes que apenas rozan la pubertad, hasta el punto de que Lulú, con sus veinticuatro años y su indumentaria neonazi, parece una anciana a punto de dejar su liderazgo a manos de los apresurados niños criminales que codician su puesto.
    En bastantes ocasiones, Ott ha sentido la necesidad de prescindir del relato lineal, aunque siempre ha sometido la secuencia a elipsis y numerosas delincuencia expresivas. Destacaremos aquí dos piezas en las que el tiempo, sin volverse loco, es protagonista dentro del caos general de la sociedad en bancarrota; y lo es porque no transcurre en secuencia progresiva, sino de acuerdo con otra lógica. El resultado son dos piezas experimentales, pero no vanguardistas, en las que el ensayo no niega la comunicación con un público amplio; sólo que le obliga a desperezarse un poco. Se trata de Pavlov, dos segundos antes del crimen (1991) y de Comegato (1997).
    En Comegato hay un reloj que preside la acción. Y junto al reloj, una radio por la que están retransmitiendo carreras de caballos. La primera escena que presenciamos coincide con la sexta válida y da comienzo a las 5:38 p.m. El desenlace trágico tiene lugar inmediatamente después de comenzar la acción.
    Los antecedentes no los conoceremos por completo hasta la sexta y última escena, que coincide con la primera válida, a las 2:57 p.m. ¿Qué ha hecho Ott? ¿Escribir una pieza de interés sólo relativo y colocar las escenas al revés? Ni mucho menos. Recordemos que a Priestley se le llegó a reprochar algo así por su pieza Time and the Conways, que colocaba el tercer acto donde el segundo. Pero esta disposición temporal tiene su sentido y obliga a mucho: a que planteamiento y desenlace se solapen, a que el clímax no coincida con el mayor punto de dramatismo, a que el desarrollo de la acción sea descendente sólo en apariencia y resulte progresivo en la realidad. De nuevo la delincuencia, el atajo de las conductas desviadas, los mercados clandestinos y el crimen para conseguir una vida mejor a costa de lo que sea. Y el sexo, que en las obras de Ott no es obsesivo, pero que siempre esta presente como desencadenante. El giro del tiempo afecta al planteamiento de las pasiones y le da una dimensión a la trama, a los personajes y a la situación que la hacen apasionante. qué importa que sepamos desde el principio que Natalia va a matar a David. El triángulo se dibuja como algo más diabólico que un sencillo adulterio, porque se mezclan en ello las relaciones familiares sin sentido de una sociedad en bancarrota moral, la mínima falta de normas, el paisaje asfixian de una gasolinera, la angustia de quienes huyen hacia adelante sólo para desperárse de una buena vez.
    En Pavlov también jugaba Ott con el tiempo. El titulo se justifica por las reacciones condicionadas de los personajes ante determinados estímulos, pero lo que importa realmente es el conflicto fortuito, que pudo no haberse dado nunca, entre un ser perdido, iluminado y resentido, por una parte, y un turbio echador de cartas radiofónico. El primero, Mauricio, carece de coartadas políticas o culturales y se limita a las religiosas, es uno de esos Mesías del subsuelo que se hacen efímeramente notorios mediante algún crimen; un tipo muy abundante en el nuevo mundo: en el viejo los iluminados no son menos peligrosos, pero suelen adoptar otra tipología. El echador de cartas mediático, Armando, no es un tipo satisfecho. Lleva en sí su propia predisposición a la condena. Hay una madre castrante, un policía furioso que se ve obligado a interrogar a Mauricio a horas intempestivas. Hay unos oyentes que confían su angustia a la voz lejana y acariciante de Armando, a sus mentiras nocturnas, que son las mentiras de su público. Hay un equívoco y un sorprendente final. Y esta el tiempo.
    El tiempo de Pavlov es recurrente. No es una secuencia invertida, como en Comegato, sino un acercamiento progresivo a uno de los desenlaces. Porque ¿cuál es el desenlace? ¿La muerte de Armando a manos de su asesino o lo que vendrá después del interrogatorio de Mauricio? Las escenas son recurrentes, a modo de variaciones a partir de un motivo. Culminan en los tensos diálogos telefónicos entre Armando y Mauricio, cuando éste se convierte en oyente del programa. La desolación llena ese tiempo y le da un sentido en su carácter circular. De nuevo empezamos por el final, pero sólo al final comprendemos todo el alcance del horror.
    Siento la tentación de considerar 80 dientes, 4 metros y 200 kilos como un punto de llegada. Como si el itinerario creativo de Gustavo Ott se justificara por esa obra, como si todas sus piezas anteriores tendieran a ella. Renunciemos a resumir la compleja trama de esta obra triple, ya que la propia obra aparece a continuación de estas líneas. Quizá sea mejor hacerse preguntas.
    80 dientes... desarrolla temas muy propios de Gustavo Ott, pero por otros medios. Hay un crimen. Un crimen no admitido, un homicidio fortuito, una situación irreal en la que los muchachos no parecen dispuestos a asumir su responsabilidad. A falta de ella, aparece el monstruo cuyas características invoca el titulo. Ahí están, siempre juntos, el monstruo y los amigos. Esta vez el monstruo es una presencia a modo de personaje ausente, esta vez la obsesión es una carga para toda la vida. Las ilusiones perdidas se perdieron por una culpa, por una responsabilidad o porque una generación escribe su destino no como sabría, sino como puede. Ese Angel, ese Cachito, ese Cándido, son estrictos coetáneos de Ott, como lo es la hermana de Angel, Mari Carmen, el cadáver que en otras familias esta en el anuario, y que en esta generación esta a la intemperie, o en un saco. Es evidente que los cuatro, incluida la muerta, proporcionan una especial dimensión de su tiempo y de su pueblo, son una especie de metáfora de lo malogrado.
    Hay muchos elementos del imaginario iberoamericano emigrante-aventurero-buscavidas: el béisbol, sí, pero también El Dorado gringo, país que sospecho que Ott ha conocido de una manera distinta a la de sus personajes. Y el paso del tiempo como deterioro, el deterioro de una Venezuela que soñó despierta, como sueña y despierta Angel varias veces en ese fascinante capitulo tercero. Soñar como preparación a la muerte. La muerte como despertar, porque es balance, la muerte como fracaso, la muerte como librarse del Angel-monstruo. Despertar como continuar un sueño que es preparación para la última muerte, porque en el sueño no han hecho más que morir.
    ¿Qué ha sido de esa violencia que evocábamos antes en una obra en la que ya hemos visitado el horror? ¿Es la violencia algo que se puede cometer y acometer con la irresponsabilidad, el olvido, el guiño, la distracción con que se da muerte a Mari Carmen, y por ello viene todo lo demás? ¿Y el Béisbol, metáfora o verdadera ilusión, sería una de las maneras que adopta la alienación y la adhesión al imaginario de nuestro tiempo.
    ¿Tiempo? ¿O capitalismo sin salida? No es la generación de Ott la de Néstor Caballero, no hablan sus personajes como los de Rodolfo Santana. Y es porque ellos proceden del ideario del 68, generación con ilusiones y mentiras propias. Las de Ott son otras mentiras, otras ilusiones. En 80 Dientes Ott da cuenta de las ilusiones de esa gente como él donde los crímenes son de otro modo y los motivos vienen a ser los mismos. También cuenta qué ha sido de ellos. Y lo cuenta, de nuevo, dándole vueltas al tiempo. Atención, en este sentido, a la fascinante primera parte del tercer capitulo, Corazón Ofensivo de Tucson, que trasciende los procedimientos de Pavlov.
    En cuanto al humor, no ha desaparecido, pero es de otra índole y resulta más leve y matizado. Es como si a estas alturas ya no fuera posible reír tanto.
    No como en Divorciadas, y ni siquiera como en Gorditas. Tampoco como en la farsa chirriante de Fotomaton. ¿Será que Gustavo Ott le ha dado una vuelta a la página de su creatividad dramática?

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